Recuerdo cuando mamá nos decía "¡No vayáis tan adentro!", lo suyo no eran mas que suposiciones de lo que podía pasar si nadábamos mar a dentro, era extraño que dijera eso cuando nuestros pequeños pies aún tocaban el suelo.
Pasábamos el año deseando que llegase el verano, para abandonar los estudios e ir a la playa, una vez alli todo era diferente, la monotonía desaparecía y se transformaba en algo divertido y aparentemente interminable.
El camino empezaba en la arena, al andar esta salpicaba y se nos metía entre las chanclas, intentaba deshacerme de estas, pero al comprobar que el suelo ardía no tardaba en volver a ponérmelas, una vez en la orilla era hora de quitarse la ropa, colocarme los manguitos y correr hacia la orilla, pero claro ahí estaba mamá para cogerme del brazo y embadurnarme con crema solar, una vez ocurrido esto salía corriendo hacia la orilla, salteaba las piedras que tantas cosquillas hacían en mis pies y me adentraba en el agua, de la cual me iba quejando nada mas rozarme por lo fría que estaba.
Al caer la media tarde era hora de comerse la merienda, un bocadillo y de nuevo al agua, aunque claro, había que esperar las supuestas "3 horas" para hacer la digestión, la mayoría se convertían en 10 minutos los mismos que aprovechaba para hacer un castillo de arena.
Y finalmente la vuelta a casa, después tener arrugadas hasta las pestañas todos intentan sacarte del agua , cosa que evitas a mas no poder, al hacerlo te envuelven en una toalla, subes al coche y...¡Oh, espera! ¿Cómo he llegado yo a mi cama?
Que bien se vive cuando eres pequeño.

No hay comentarios:
Publicar un comentario