martes, 21 de agosto de 2012

No hay más mal sueños que perderte.

El camino era frío, o al menos así lo decidían mis pies descalzos, no pretendía mas que sentir el camino en mis pies, impidiendo que cualquier calzado se interponiera. Quería recordarlo todo, el olor de la ciudad a lo lejos , el sabor del aire envolviendo mis labios, las pequeñas piedrecitas frías que hacían estremecer mi cuerpo, todo. La tarde solo acababa de empezar, pero estaba completamente segura de que mi noción del tiempo fallaría de nuevo.
Seguí mi camino, sin miedo, pues la ilusión era mi acompañante ahora.
Tras varios minutos de espera mientras mis pies llegaban a su destino allí estaba, como cada noche, era nuestro recuentro, en el punto exacto, con la persona exacta y con el sentimiento...bueno, ese era indescriptible. No tardé en correr hacía el con esa sonrisa que solo aparecía al verle y al tenerle, él me esperaba con los brazos abiertos, y esa sonrisa tan perfecta, su pelo era tres tonos mas oscuros que su piel, y sus ojos bastante mas claros que estas dos, yo los caracterizaba como amarillos, pero el me tomaba por tonta cada vez que lo decía. 
Nos contamos el transcurso de nuestro día, no nos olvidábamos del más mínimo detalle, fue entonces cuando recordé lo que llevaba en mi bolsillo, acababa de comprarme un móvil nuevo, y había olvidado enseñárselo, comencé a echarle fotos, el no se dejaba, se hacía el remolón entre risas aunque en todas salía precioso, pues no se podía esperar menos de tal persona como él. Fue entonces cuando mantuve el objetivo fijo mirándole y él esperaba impaciente el "chic" que indicaba que la foto había sido tomada.

-Es un vídeo. -Musité, apenas audible con una ligera sonrisa.

-¡Apágalo, apágalo! -Decía tapándose la cara con ambas manos, entre risas.

-Va, venga, di algo bonito, porfa porfa. -No tardó en apartar las manos de su cara y mirarme con recelo y menos aún tardó en responder.

-Tú, tú eres lo más bonito.

No tardé en dejar caer el móvil sobre una de las piedras que allí había y abalanzarme sobre él para comérmelo a besos. Fue una tarde genial juntos jamás la olvidaré, de hecho creo que hay pequeñas cosas de cada tarde que no olvidaré nunca, el fue mi primer amor, y lo seguirá siendo hasta el final de mis días.
El reloj marcaba las 7.45 era hora de volver a casa, la despedida, tan asqueada por ambos, le abracé y mientras tanto el acariciaba mi piel descubierta y me susurraba al oido que me amaba, mi vello, de punta, no hacía otra cosa mas que demostrarle que yo también lo amaba. 
Cada tarde, al despedirme mis lágrimas saltaban de mis ojos, porque siempre aunque no quisiera tenía miedo a que me lo arrebataran, porque era mi mayor logro y el simple hecho de perderle me hacía desvanecerme en instantes, el juraba y perjuraba que jamás sería así y yo le creía, pero mi subconsciente me la jugaba como quería.
Besé sus labios en un beso firme, cuando comencé a caminar hacia atrás haciendo un corazón con mis manos sobre mi pecho mientras sonreía, el no tardó en hacer lo mismo. Me sentía una cría, me sentía pequeña, me sentía yo, porque cuando estaba con el podía ser como quisiera. Ambos nos miramos hasta cruzar las esquinas.
Quien sabe cuando nos volveríamos a ver.

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